Desde
el siglo XVIII la ciudad se empeñó en construir
parques, puertos y estaciones que nos alejan de nuestro espejo
de agua fundacional y de la pregonada identidad rioplatense.
Buenos Aires tenía un río, y era el más ancho
del mundo. Ahora, preguntale a cualquier porteño cuántas
veces en la semana ve el agua. Pocas, poquísimas veces vemos
el río que Tata Dios nos regaló. ¿Por qué?
Porque nos encargamos de ocultarlo con cuanta cosa tuvimos a mano.
No quiero empezar con la típica enumeración de las
virtudes de otras ciudades y de cómo ellos sí aprovecharon
sus ríos. Primero, porque las comparaciones son odiosas,
y segundo, porque Buenos Aires y su río son tan particulares
que no creo que haya nada comparable.
Para empezar, el Río de la Plata tiene un lecho barroso
en lugar de arenoso, como sí tiene la orilla uruguaya. Misterios
geológicos aparte, lo cierto es que a nadie le gusta el
barro. Pero esa no es la razón por la que el río
está cada vez más lejos de la gente. Para empezar,
sucesivos rellenos fueron empujando la ribera lejos de sus barrancas
naturales. Esas barrancas todavía se puede distinguir en
Parque Lezama, en Plaza San Martín, Plaza Francia y Barrancas
de Belgrano. Y, por supuesto, debajo de un montón de edificios
y calles. Todo lo demás, la parte plana que va de la barranca
a la ribera actual, era el lecho natural del río; cuando
no, un fangoso pantanal.
Bueno, ahora, todo eso está atiborrado de instalaciones,
algunas positivas y, muchas, negativas. A veces, ese espacio está ocupado
por el Parque Tres de Febrero, el Hipódromo de Palermo,
el Rosedal, la cancha de River, plazas y plazoletas de distinto
tamaño y demás. Esa es la parte que podría
contribuir a tener más contacto con el río. Pero
hay otro tipo de equipamiento moderno que parece haber sido puesto
con el único propósito de quitarnos el río.
La Estación Retiro con todos sus trenes, Aeroparque, la
avenida Lugones y la enorme Planta San Martín de Obras Sanitarias,
son sólo una muestra de la persistente manía de alejarnos
del agua.
Hay algunos casos patológicos. Por ejemplo, el Puerto de
Buenos Aires. En el siglo XVIII, cuando se empezó a pensar
en modernizar el puerto, existían tres lugares posibles:
frente a la ciudad, en la boca del Riachuelo o en la Ensenada.
Pasaron los años y se eligió el peor lugar de todos:
frente a la ciudad. Así nació Puerto Madero y, para
que la gente no perdiera de vista el río, se diseñó la
Costanera Sur. Este borde urbano preveía que la gente pudiera
aprovechar la costa como se hacía en ese entonces: para
pasear y para bañarse muy tranquilamente.
La historia que sigue es conocida: el puerto dejó de funcionar
en menos de 30 años, en los 80 empezaron a rellenar lo que
hoy es la Reserva Ecológica. Y, para cuando Puerto Madero
se convirtió en un barrio top, la Costanera Sur ya estaba
tapada por la Reserva. ¡Chau río! Pero no me gustaría
ser injusto con los grandes esfuerzos que se hicieron para que
la gente disfrute del Río de la Plata, como el Parque de
la Memoria que se construyó en al Ciudad Universitaria o
el lindísimo Parque de los Niños, en el extremo norte
de la Capital, casi pegado al Paseo de la Costa de Vicente López.
Justamente, ese parque multifuncional que cubre largas 20 cuadras
desde Nuñez hasta el Puerto de Olivos es un buen ejemplo
de lo que se puede hacer en Buenos Aires para recuperar el río
para los habitantes.
Un largo cinturón verde podría recorrer la ribera
porteña de Norte a Sur, ocupando escasas dos cuadras de
ancho con un equipamiento mínimo. No se necesita más,
los parques actuales tienen que permitir la recreación y
el deporte, no solo el paisajismo. Pero todavía quedaría
pendiente imaginar la manera en que la gente esquivaría
vías, autopistas, aeropuertos y piletas potabilizadoras
para llegar a ese parque costero.
El día que descubramos que tenemos un río, seguro
que se nos va a ocurrir algo.
Por: Miguel Jurado
Fuente: Clarín
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