Toda la gracia que tiene
una playa es justamente lo que las playas porteñas no tienen. El agua, de mar o de río, es
tal vez su principal atracción, y en la de Buenos Aires
está prohibido meterse. Los personajes que circulan en la
orilla, desde los grupos de chicas hermosas hasta el bañero
en sunga y con sueños de galán, brillan por su ausencia
(ni siquiera esa orilla existe). Y su paisaje permanente, que dibuja
una postal de la ciudad y tiene vida propia, entre nosotros desaparece
porque la playa local dura apenas tres meses, como un tetra brik
de leche larga vida.
Lo que la Naturaleza no da la política lo inventa aun a
pesar de las evidencias. La playa prefabricada que el gobierno
de Mauricio Macri les regaló a los capitalinos es una buena
alternativa para combatir el calor, y el pasado fin de semana 45.000
personas se refugiaron entre sus sombrillas. Pero, como cualquier
veraneante sabe, en una playa el calor no se combate: se disfruta.
Y eso es lo que no está tan claro que ocurra en los espacios
inaugurados de Núñez y Villa Soldati, donde las duchas
y los juegos para niños ubican al público en primera
fila ante el espectáculo de la polución, el tránsito
vecino y las sombras, lejanas y omnipresentes, de los edificios
que comparten su ADN de cemento con el proyecto veraniego de la
administración local.
La escenografía playera no constituye una playa en sí misma,
por más que un acto político la inaugure y que carteles
pegados en toda la ciudad inviten a visitarla. El milagro de simulación
que convierte a Buenos Aires en un escenario playero no hace más
que poner en evidencia que en la capital no existe una sensibilidad
costera, tal como indica el desarrollo de la ciudad completamente
a espaldas del río. A orillas del agua, el veraneante se
relaja porque su única actividad es abandonar toda actividad.
En la playa porteña, en cambio, hay talleres de ajedrez,
gimnasia aeróbica y wi-fi para mantenerse enchufados. El
estrés se muda de la oficina a la sombrilla. La playa no
crece como la contracara de la ciudad, sino como su extensión
inesperada.
La playa de Buenos Aires evoca la utilidad de las sopas instantáneas:
buenas para salir del paso, malas para saciar algo más que
una necesidad. Simular un mar de cartón no le quita la contaminación
al río. Parece difícil aceptar que la solución
a una ciudad sin playas pase por sembrar sombrillas aquí y
allá, en lugar de emprender la urgente recuperación
del río. El día que eso ocurra quizá la playa
de Buenos Aires sea más real y menos prefabricada.
Por Leonardo Tarifeño
Fuente: La Nación – Nuestro Mar
09/01/12
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